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Cuentos cortos

Cuentos cortos

No hay cosa que me moleste más que los viajes familiares que realizábamos durante las vacaciones. Mis parientes siempre se han caracterizado por ser muy unidos y aún ahora varios de mis primos disfrutan pasando la Navidad juntos.

El periodo destinado para salir en “peregrinación”, perdón, quiero decir de asueto con la familia era en semana Santa, pues todos tenían tiempo libre en esas fechas.

Me acuerdo como si fuera ayer que me subí a la parte trasera de la camioneta de mi tío Pepe. Parecíamos sardinas, cinco adolescentes sin el más mínimo espacio para moverse. Mi equipaje iba atado en la parte superior del vehículo. Lo único que me permitían llevar era un pequeño libro de cuentos cortos, ya que desde muy pequeño he sido aficionado a la lectura gracias a mi madre.

Lamentablemente, este pequeño compendio de leyendas de terror, no era el mejor amigo que quisieras tener en ese escenario. Sobre todo si como yo, eras consciente de que sus hojas más tarde que temprano terminarían volando por el camino, debido a las constantes peleas que se suscitaban entre mis primos David, Luis Antonio y sus dos hermanas.

Nos dirigíamos hacia un bello pueblo que se encontraba muy cerca de Guadalajara. Íbamos a casa de mi tío Toño. Debo reconocer que aquellos paisajes eran preciosos, las nubes parecían hechas de algodón y el aire era fresco y puro.

Metros antes de llegar ya se podía observar a Pancho, el capataz de la hacienda, esperándonos con los brazos abiertos. Tanto la cena como la comida eran verdaderos rituales, nadie hablaba más que para decir cosas como: “pásame la sal, más agua por favor, ¿a qué hora vamos a comer el postre? Etc.”.

De televisión mejor ni hablar, esos aparatos recibían solamente dos canales. Dicho lo anterior se entiende el por qué luego de merendar nos íbamos a nuestro cuarto. Ahora que me acuerdo, éramos como 25 personas en aquel lugar, por ese motivo nos tocaba compartir cuarto. Yo dormía con Mauricio, Sergio y Agustín; mis queridos hermanos menores.

Me encantaba contarles leyendas de terror para que tuvieran pesadillas y no pudieran dormir bien. No obstante, ellos al poco rato de acostarse comenzaban a soñar. Mientras que éste que escribe no podía conciliar el sueño, dado que frecuentemente escuchaba unos gemidos que provenían del granero.

Mi padre nos tenía estrictamente prohibido salir de las habitaciones durante la noche. Sin embargo, un chico de 13 años no le iba hacer mucho caso a esa restricción.

Salí del cuarto sigilosamente y fui hacia el patio trasero. Los sonidos cada vez eran más fuertes y profundos.

Inesperadamente comencé a escuchar una voz que me decía repetidamente: “ven a jugar conmigo”. Resbalé debido a que estaba mojado, pues toda la noche no había dejado de llover.

Al limpiarme el lodo de mi cara, vi un trozo de madera que sobresalía del suelo, lo desenterré pensando que se trataba de una herramienta de jardinería. Más cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que aquel objeto era una cruz, amarrada a un esqueleto humano.

– ¡No toques a mi hijo! Grito Pancho de una forma que hizo que casi el corazón se me saliera.

– Lo siento Pancho, no sabía que era tu hijo.

– Si le cuentas esto alguien, te juro que te mato. Me dijo vociferando.

Después de ese acontecimiento, tomé mi libro de cuentos cortos y nunca regresé a esa casa.

A veces las leyendas terror se vuelven realidad.