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Leyendas de terror

Leyendas de terror

El ser humano siempre ha sentido una fascinación por producir y sentir al mismo tiempo miedo en grado superlativo. Se dice que llegado al estado que comúnmente conocemos como terror, somos incapaces de percibir el ambiente que nos rodea de una forma natural y únicamente pensamos en la mejor forma de recobrar la calma.

Ejemplos de leyendas de terror hay cientos, por no decir miles. Es más, en este momento que estoy escribiendo el artículo se me viene a la cabeza el título de La leyenda del jinete sin cabeza, ya sabes, aquella que nos habla sobre un maestro de escuela que se enamora de una chica de 18 años.

Sin embargo, en todo relato de amor (aunque sea un cuento de terror) debe haber forzosamente un triángulo amoroso, y claro esta vez no es la excepción.

En este caso el tercero discordia era nada más y nada menos que Abraham “Brom” Van Brunt, pretendiente de la joven. Un día los padres de la muchacha ofrecieron una fiesta con el motivo de agradecer la buena cosecha que ese año habían conseguido. Fue entonces que el profesor vio la oportunidad de declararle sus sentimientos a la chica. Cuando llegó al lugar, notó que “Brom” ya estaba ahí, contándoles varias leyendas de terror a los asistentes.

Al poco tiempo Ichabod (así se llamaba el educador) quien era extremadamente supersticioso se alejó rápidamente de aquel sitio, no sin antes ser rechazado por la joven.

Era de noche, hacía mucho frío y el murmullo de los árboles hacía aquel bosque se viera más espeluznante que lo habitual. De pronto, el caballo de Ichabod “tropieza” con un árbol y segundos después se comienza a formar la figura de un gigantesco jinete. El profesor no da crédito a lo que sus ojos ven, aquella figura es descomunal.

Lo más impresionante de ese magnífico relato de terror es que en un parpadeo nuestro amigo pedagogo se percata de que aquel montador no tiene cabeza. Trata de huir despavorido a todo galope con el fin de llegar a una zona más tranquila del bosque. Sin embargo, el otro jinete le da alcance y arroja su cabeza directamente al rostro palidecido de éste.

Por la mañana, varios pobladores se dieron a la tarea de buscar al profesor, aunque sus esfuerzos no tuvieron éxito. Solamente encontraron un par de cosas que le pertenecían; su sombrero y su caballo. ¡Ah sí! Se me olvidaba, también hallaron pedazos de una calabaza en el sitio en donde se presume que ocurrieron esos hechos.

Washington Irving (autor de la obra) nos ofrece un final abierto en el que cada quien saque sus propias conclusiones. Por ejemplo, hay quienes dicen que el jinete sin cabeza no era otro que el propio Brom, sólo que debidamente ataviado con la ropa adecuada para crear en el inconsciente de Ichabod, una imagen de inmenso terror.

Hasta el momento se han realizado tres adaptaciones cinematográficas de esta leyenda de terror, siendo la más reciente el filme del año de 1999.

Hay infinidad de leyendas de terror que faltan por relatar, si quieres conocer las mejores no dejes de visitar este sitio.

 

El árbol embrujado

El árbol embrujadoPoco a poco el hombre ha ido acabando con los recursos naturales de este planeta. A veces para sobrevivir, aunque muchas otras para obtener un beneficio económico. Quizás una de las áreas de materiales no renovables que más se ve afectada es el bosque, ya que la madera se utiliza tanto para construir muebles como maquinaria.

Precisamente en el bosque de Tepiltzin, se dice que es imposible talar el último árbol que queda en pie. Si me pusiera a enumerar la inmensa cantidad de leyendas cortas de miedo que he leído sobre lo mismo, no terminaría nunca.

Por eso, intentaré extraer los datos más importantes de esas crónicas y exponerlos en las siguientes líneas.

Según se dice, antiguamente esas tierras estaban repletas de árboles de todas clases. Al percatarse de esto, una gran cantidad de leñadores acudieron a ese sitio y fueron deforestándolo paulatinamente hasta que literalmente lo dejaron convertido en un desierto.

Todos los árboles sucumbieron ante esa masacre ecológica. Bueno, casi todos, aún hoy en día permanece en pie un tronco maltrecho que de acuerdo a la tradición no puede ser derribado de ninguna manera.

Por lo menos conozco la historia de dos taladores que fueron a Tepiltzin y posteriormente terminaron asesinados a los pies de aquel tronco. Lo podemos saber gracias a que ambos llevaban una videocámara de video, la cual fue recuperada.

En la cinta se puede apreciar como cada uno de ellos saca distintas herramientas y comienza a proferirle daño al árbol. Sin embargo, las ramas de éste súbitamente cobran vida y uno de sus extremos se transforma en una mano.

Después los dos leñadores son levantados por los aires y arrojados contra el piso hasta que la masa encefálica queda regada por toda la superficie.

Finalmente quiero comentar que yo personalmente hice una visita a esa localidad y puede estar a escasos 30 cm del macabro tronco. En su parte central se pueden leer claramente la frase: “Ni uno más de nosotros”. Aún se desconoce quién la escribió.

El campanero

El campanero

En el centro de aquel pueblo, fue colocada una enorme torre a la que se le adicionó un gran reloj que marcaba las horas con imperiosa exactitud.

El responsable de que el mecanismo del reloj funcionara la perfección era don Ponciano Giménez, un individuo que sin sospecharlo forma ya parte de la leyenda mexicana.

A Ponciano las personas lo conocían con el mote del “Campanero”, pues sabían que gracias a él las campanas repicaban en el momento justo. Su presencia inherente pasó a convertirse en un aspecto pintoresco de aquel poblado.

Los forasteros que llegaban ahí decían: “Yo solo vine porque escuché hablar de las campanas de Giménez”.

Tanta fue la importancia de su oficio que don Ponciano se vio obligado a trasladar su domicilio a la torre del reloj. Desgraciadamente, una noche de otoño, mientras iba caminando en dirección hacia la panadería, se encontró con una pandilla de maleantes quienes lo asesinaron brutalmente.

Su cadáver fue hallado en la madrugada, al lado de una zanja. Los pueblerinos quedaron devastados al enterarse de tan lamentable acontecimiento. El reloj fue clausurado y las campanadas no volvieron a escucharse.

El óxido, moho y demás elementos que están ligados al descuido, destruyeron tanto la fachada como el mecanismo del movimiento de las campanas. Pasaron 20 años para que alguien se volviera interesar en la pieza de arquitectura que antes fue lo más importante del lugar.

Un grupo de arquitectos procedentes de la ciudad, trataron infructuosamente de devolverle la vida al reloj, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Hasta que una noche, las campanas volvieron a escucharse.

Eran las 12 con cinco minutos de la madrugada, cuando una composición del propio don Ponciano empezó a resonar por doquier. La gente salió de sus casas y se dirigió hasta la torre.

La mayoría de ellos quedaron asombrados al ver que una sombra, manejaba los hilos de las campanas con la gracia y soltura que sólo Giménez podía hacerlo. La policía utilizó un reflector con el fin de poder observar claramente quién era el individuo que estaba tocando, más sólo lograron ver una silueta vestida de blanco.