La gruta

cuentos de terror La gruta

Unos amigos me invitaron a pasar el día de brujas en una gruta. La idea se me hizo un poco extraña, ya que esos lugares húmedos y oscuros son perfectos para celebraciones de ese tipo, pero al mismo tiempo son sitios que pueden estresar a personas que le tienen miedo a los lugares cerrados.

Allí conocí a Daisy, una chica muy agradable y simpática con la que me puse a platicar desde el primer momento en que llegué. Ella me comentó que estaba muy entusiasmada pues pronto empezaría el acto de un ilusionista de clase mundial que era capaz de transmitir las emociones escritas plasmadas en cuentos de terror de Halloween directamente a los asistentes.

La hora llegó, y el hombre se presentó en el escenario. Era un tipo que vestía todo de negro y además tenía una personalidad muy fuerte. Lo que quiero decir es que con tan sólo verlo se te erizaba la piel.

Dicho individuo se apresuró a tomar el micrófono y dijo:

– Muy buenas noches, espero que se la estén pasando de maravilla. Para mi primer acto necesito la ayuda de alguna persona que quiera vivir una experiencia extra sensorial.

Velozmente Daysi levantó la mano y caminó hasta donde el ilusionista se encontraba. Él tomó su cabeza y comenzó a relatar una historia:

– A ver señorita, imagine que ahora el techo y las paredes de la gruta se empiezan a comprimir sobre usted.

Inmediatamente, la chica se puso en cuclillas y trato de protegerse la cabeza con sus manos. Mientras tanto, los asistentes estábamos asombrados de observar el rostro de Daysi que parecía que estaba viviendo verdaderamente una situación apremiante.

– En este momento, el techo está a punto de aplastarte y no tienes nada más que hacer que esperar una muerte lenta y dolorosa. Dijo el mentalista.

La expresión facial de la muchacha pasó de miedo a pavor en cuestión de segundos. Casi casi se podían escuchar los latidos de su acelerado corazón. Me levanté de la silla y exclamé enojado:

– Ya es suficiente. Déjela en paz.

De pronto, Daysi soltó un alarido que retumbó en las paredes y cayó muerta.

La concurrencia (incluyéndome por supuesto) no podía creer lo que acababa de suceder. Varios llamamos a la policía y el hombre fue llevado a prisión.

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