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Cuentos de terror

Cuentos de terror

Pareciera mentira pero en julio se cumplen ya 14 años del fallecimiento de mi abuelo. No cabe duda que quien dijo por primera vez que “la vida pasa en un suspiro” no se equivocaba.

Él era una persona muy amable con cualquiera que se le acercaba (incluso con desconocidos). Ganó mucha popularidad en el pueblo, dado que cada viernes a las 10 de la noche salía al aire su programa de radio. Se llamaba algo así como relatos espeluznantes.

La peculiaridad de esa emisión era que durante los 60 minutos de duración que tenía, se transmitían diversos cuentos de terror sin cortes comerciales. Algunos de estos eran narrados por los propios radioescuchas, mientras que otros provenían de la imaginación de mi abuelo.

Cierto día me invitó a que lo acompañara a la estación, la cual dicho sea de paso, se encontraba a unos 50 minutos de distancia de su hogar. Salimos en su auto y todo parecía normal, no obstante, a los pocos minutos un ruido hizo que literalmente saltara de mi asiento.

– ¡Qué fue eso!

– Seguramente se pinchó un neumático. Voy a bajarme para estar seguro.

En efecto, la rueda lateral derecha se había reventado por culpa de un pedazo de vidrio que estaba en la carretera.

– No te preocupes, este camino es muy transitado y pronto nos ayudará alguien a cambiar la llanta.

Oscureció rapidísimo, no se veía ni un alma. Únicamente la luna llena alumbraba aquella vereda de tierra. Así transcurrió el tiempo hasta que el reloj marcó las 9:40 de la noche y mi abuelo se dio cuenta de que no llegaríamos a tiempo.

Fue entonces cuando se le ocurrió narrarme un cuento de terror, “sólo para matar el tiempo”.

Me dijo que la leyenda que estaba a punto de contarme, había sucedido a unos cuantos pasos de ahí.

Aquello comenzaba así: Un muchacho iba conduciendo su auto a gran velocidad, cuando de momento perdió el control y se estrelló contra un gran montículo de tierra. Aparentemente no le había ocurrido nada ni a él ni al coche, es más, lo puso en marcha y funcionaba de maravilla.

Antes de que se dispusiera nuevamente a retomar el camino, una fuerte luz roja lo deslumbró. Se trataba de la torreta de una ambulancia. El conductor se bajó velozmente de la unidad y le pregunto al joven:

– ¿Se encuentra bien? Vi lo que le ocurrió.

– Sí, estoy muy bien, muchas gracias. Únicamente me duele un poco el cuello. Ahora sólo quiero llegar a casa y recostarme.

– De ninguna manera, primero lo tengo que auscultar para determinar si efectivamente no tiene ninguna lesión grave. Suerte que en la parte trasera de la ambulancia tengo el equipo necesario para hacerlo.

– No se moleste, no hace falta.

– No es ninguna molestia muchacho, es mi obligación como paramédico.

Si bien su sexto sentido le indicaba que no debía acceder, lo hizo a regañadientes.

Las puertas de aquella ambulancia se cerraron para no abrirse nunca más. Los lugareños dicen que cada vez que hay luna llena se pueden oír los gritos de dolor de aquel hombre.

Apenas mi abuelo había terminado de decir esa frase, una luz roja me deslumbró e hizo que perdiera el conocimiento.

Al despertar, ya estaba en casa, no quise preguntar nada del asunto, tal vez por miedo, o por simple temor. El caso es que ya han pasado 19 años y nunca he olvidado aquel mito.

 

Leyendas

LeyendasTodos hemos escuchado una leyenda por lo menos una vez en nuestra vida. Y es que a lo largo de la historia, las distintas generaciones han sabido trasmitir aquellos relatos relacionados con asuntos sobrenaturales que han marcado a una población.

Por otra parte, un factor que ha permitido el florecimiento y la fascinación por las leyendas de terror es el que éstas poseen la mezcla exacta entre ficción y verdad. En otras palabras, podemos decir que dentro de este género narrativo se pueden acomodar aquellos sucesos que se conocen con el nombre de mitos.

Claro que de ninguna forma todas las historias de terror pueden ser consideradas como una leyenda, ya que para esto se necesita que la narración en sí contenga varios elementos fundamentales. Por ejemplo, el suceso tiene que haber ocurrido dentro de una comunidad e inclusive involucrar a uno o varios pobladores, con el objetivo de ofrecerle un carácter de credibilidad a la historia.

Una leyenda corta muy famosa de la ciudad en que vivo actualmente es la que aconteció en el hospital San Francisco hace aproximadamente medio siglo. El mito empieza de la siguiente forma:

Isabel, una muchacha guapa y muy joven de provincia, quien había llegado a la capital para desempeñarse como enfermera en aquella clínica. Su figura esbelta, acompañada de un informe perfectamente planchado, hacía que todos los médicos (residentes o no) la voltearan a mirar.

Sin embargo, existía una sola persona que nunca le prestaba la más mínima atención. Se trataba del doctor Miguel Zamora, quien en ese entonces fungía como encargado del área de neumología.

Era un secreto a voces que la chica estaba enamorada del galeno. No se necesitaba ser un genio para darse cuenta de ello, ya que todas las mañanas ella era la primera en saludarlo con una gran sonrisa. Además de que en poco tiempo se convirtió en su asistente personal.

Cierto día Isabel encontró sobre el escritorio del doctor Zamora un ramo de flores con una nota adjunta, la cual decía lo siguiente: ¿Te quieres casar conmigo? Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas de felicidad.

Rápidamente con el ramo y lo guardó con el resto de sus cosas. En cuanto llegó su jefe ella le dijo:

– Muchas gracias por las flores, están bellísimas. Mi respuesta es SI. –

– ¡De qué está hablando Isabel! En efecto, esta mañana traje un ramo de flores pero por supuesto que no son para usted; sino para mi novia.

La muchacha al escuchar esto salió corriendo con un gesto de furia en el rostro. Se dirigió a uno de los quirófanos con el fin de tomar un bisturí. Espero pacientemente a que Zamora estuviera distraído y en cuanto vio la oportunidad comenzó a apuñalarlo repetidamente por la espalda.

El médico no tuvo tiempo de defenderse. Ni siquiera sus gritos de terror fueron escuchados por nadie, pues la oficina se encontraba al final del pasillo. La sangre brotaba a chorros por todo su cuerpo, murió casi al instante.

Isabel sabía que descubrirían tarde o temprano lo que había hecho. Por ello tomó la decisión de apuñalarse en el pecho y morir junto a su amado. Sin miedo empuñó el bisturí e hizo lo que tenía planeado.

Ya en la noche, uno de los internos descubrió los cuerpos. Llamaron a la policía y la oficina fue clausurada.

Sin embargo, hoy en día hay quien dice que cada 22 de febrero (fecha en que ocurrió el incidente) a las tres de la mañana se enciende la luz de ese cuarto y que hasta se puede oler la sangre en el ambiente.